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febrero 25, 2008



El incierto futuro de la Revolución Bolivariana
Carlos Sabino

Después de la derrota sufrida en el referéndum del 2 de diciembre pasado Chávez afronta un período de dificultades que, por ahora, tiene difícil pronóstico. La situación económica, a pesar de los muy altos precios petroleros, genera preocupación y malestar en el ciudadano común, porque a la inflación acelerada que supera –según cifras oficiales- el 22%, se añaden la escasez de muchos productos básicos y las pocas inversiones que se realizan.
Pero Chávez no puede lanzarse a actuar, ante estas dificultades, como él quisiera: después del rechazo electoral a la implantación del socialismo el teniente coronel no puede proceder a realizar expropiaciones masivas y a estatizar la mayor parte de la producción del país, como serían sus deseos.

febrero 12, 2007


El incierto futuro de Venezuela


Carlos Sabino, Caracas.


Reina ahora en Venezuela un clima de incertidumbre sobre el futuro, de no poca ansiedad, de tensión y preocupación. Después de las elecciones del 3 de diciembre pasado, en las que Chávez logró otro mandato para gobernar seis años más, el camino ha quedado despejado para que el presidente ponga en práctica su proyecto de llevar al país a ese “socialismo del siglo XXI” que muy pocos entienden y que muchos ven ahora cada vez más parecido al socialismo del siglo XX.

Los anuncios que Chávez ha hecho en los primeros días del año no dejan mucho lugar para las dudas: no se va a renovar la concesión del espacio electromagnético necesaria para que una de las dos televisoras privadas de línea opositora continúe en el aire, se van a nacionalizar las principales empresas eléctricas y de telecomunicaciones y el sector estatal, en conjunto, va a crecer hasta dejar a la empresa privada venezolana reducida a una posición marginal. La constitución se va a reformar pronto, con el apoyo irrestricto del parlamento, para incluir entre otras cosas la ilimitada reelección presidencial y para cambiar la organización político territorial del país, de modo que las alcaldías y los estados pierdan por completo su independencia frente al poder central. También está por aprobarse una ley de educación que suscita bastantes temores, por el duro control estatal que impondría a las escuelas privadas.

Muchos se preguntan en Caracas si Chávez logrará consumar todos estos planes, que le darían un poder verdaderamente dictatorial y absoluto, encaminando al país por un rumbo socialista que en poco se parece al de los suecos y noruegos y en mucho al que tuvieron los soviéticos bajo el comunismo, o el que tienen ahora los cubanos bajo el poder de los hermanos Castro. La respuesta más obvia es que sí, que Chávez tiene los recursos políticos y el control sobre el estado suficiente como para imponer todos los cambios que quiera, pues tiene además un apoyo popular que –si bien no es tan alto como el que quieren mostrar las cifras del Consejo Nacional Electoral- al menos es suficiente como para seguir adelante con sus planes.

Pero el futuro, sin embargo, no está completamente claro. El apoyo que recibe Chávez depende en gran medida de las impresionantes dádivas que él otorga, a través de las llamadas “misiones”, a millones de venezolanos que reciben directamente dinero del estado. No es mucho lo que se da a cada uno, por supuesto, pero a algunos les alcanza sin embargo como para vivir sin trabajar. El gobierno gasta a manos llenas para asegurar su respaldo político y ha creado lo que hasta ahora puede llamarse un “socialismo petrolero”, un extraño sistema en el que la renta que produce el crudo se convierte en su principal sostén para el dominio político sobre el país.

Pero los precios del petróleo, después de la escalada del año pasado, están bajando ahora, mientras los gastos del estado continúan su ascenso constante, porque Chávez necesita mantener su apoyo interno y también su respaldo en el exterior. Esto ha hecho que aumente el déficit fiscal y que Venezuela se esté acercando, a paso más rápido que el previsto, a una de esas crisis que tan bien conocemos en el país, y que tan duramente nos han golpeado en 1983, 1989 y 1994. Porque, para que el gasto público se mantenga en los niveles actuales, el gobierno necesitaría de un barril de petróleo a más de 60 dólares, no a 40 ó 50, como es muy probable que éste se transe en los próximos meses.

¿Qué hará Chávez cuando ya no pueda seguir alimentando a esos millones de seres dependientes que viven del dinero petrolero? ¿Cómo responderá la gente cuando vea que lo que recibe disminuye en su valor debido a la inflación y la depreciación de la moneda? Es en ese punto de la situación, que llegará más tarde o más temprano, que tendrá que definirse realmente el curso de la Revolución Bolivariana que hoy soporta Venezuela. Si Chávez ha logrado para ese momento consolidar su poder dictatorial, es muy posible que pueda establecer en el país un régimen similar al que soporta Cuba, un socialismo totalitario clásico; si no lo ha hecho aún, o si la opinión pública se le vuelve decididamente en contra, es posible que pueda abrirse una etapa de conflictos de magnitud imprevisible.

Es posible que, con su astucia característica, Chávez retroceda en ese momento hacia formas más convencionales de populismo, dejando para más adelante la tarea de concluir su proyecto de autoritarismo socialista; es posible también que, confiando en la victoria, se lance a una última ofensiva, que podrá llevar a Venezuela directamente al camino de la violencia. Venezuela podrá parecerse a la Cuba de Castro, al Irak de Hussein o a la Argentina de Perón, según como se resuelva esta compleja situación. Lo cierto es que, como comprenderá el lector, son muchos los motivos que hay ahora para la incertidumbre y para la generalizada ansiedad en que vivimos.

Publicado con Autorización de AIPE
Responsabilidad Moral

Carlos Sabino


Los últimos cambios políticos en América Latina están despertando ya cierta preocupación en Washington y en algunas capitales europeas. Los triunfos electorales de Daniel Ortega en Nicaragua y de Rafael Correa en Ecuador parecen extender rápidamente el eje que ya habían establecido los comunistas cubanos con Chávez, y que se había ampliado con la elección de Evo Morales en Bolivia hace poco más de un año.

La preocupación es comprensible: todos estos gobiernos –con la posible excepción de Nicaragua- muestran una clara inclinación izquierdista y la vocación decidida de llevar a sus países al socialismo, a un socialismo que poco tiene que ver con el de la clásica socialdemocracia europea y se acerca demasiado, en sus formulaciones y propuestas, a la cara más totalitaria que tuvieron la URSS y otras naciones. Chávez, por ejemplo, después de se reelección en diciembre, ha dado muestras de que desea ampliar la ya muy extendida área estatal de la economía venezolana, modificar la ley de educación y reordenar por completo la división político administrativa del país, reduciendo o anulando por completo la autonomía de municipios y estados. Morales, por su parte, sigue tratando de manipular la democracia boliviana para imponer una constitución y un modelo de funcionamiento político que es muy semejante al que Chávez ha logrado consolidar en Venezuela.

La tendencia hacia el autoritarismo en nuestra región, sin embargo, no es nada nueva. Gobiernos populistas de izquierda, como el de Kirchner en Argentina, han mostrado su poco respeto a las minorías y su marcado corte populista; algo similar, aunque con más moderación, ocurre en Uruguay y ha ocurrido antes en Ecuador, delineando un panorama que, al profundizarse con la actual ampliación de los aliados de Chávez, ha hecho sonar ahora las alarmas, especialmente en los Estados Unidos, que temen que sus enemigos de Asia y el Medio Oriente puedan adquirir sólidos aliados en su “patio trasero”, Latinoamérica.

Pero, analizadas las cosas con frialdad, nada de esto debería sorprendernos. La izquierda ha sido alentada en nuestra región no sólo por los gobiernos socialdemócratas de Europa, sino también por las Organizaciones no Gubernamentales que tan activas se muestran en Latinoamérica y hasta por los mismos Estados Unidos. Con una absurda política de “derechos humanos” que protege escrupulosamente las garantías de guerrilleros y terroristas pero da la espalda a los derechos del ciudadano común, se han minado las bases morales de quienes desean luchar contra las dictaduras de izquierda o contra las más sutiles formas con que el autoritarismo quiere imponerse ahora en la región. Se ha perseguido implacablemente a todos los dictadores de derecha, abriendo a veces viejas heridas que ya estaban cicatrizando, pero ni una voz se ha levantado contra el regreso al poder de quienes, en nombre de la izquierda, se levantaron en armas en otras épocas y también cometieron horrorosos “crímenes contra la humanidad”, como se suele decir ahora.

Mientras se dé la razón, implícitamente, a los seguidores del Che Guevara -a Montoneros, Tupamaros y sandinistas- y se considere demócratas a hombres como Chávez y Daniel Ortega, estaremos abriéndoles las puertas para que, desde el poder, completen su objetivo de obtener el control político absoluto que siempre ha estado en su agenda y que no pudieron alcanzar en otras épocas por la decidida resistencia que se les opuso. Mientras se acepte que son “golpistas” los opositores a Chávez y se deje de lado que fue él, realmente, quien trató de quebrar el orden constitucional en Venezuela mediante dos golpes de estado, estaremos moralmente desarmados para luchar contra sus propósitos totalitarios.

Se dice a veces que los pueblos tienen los gobernantes que se merecen. Podríamos agregar, en la situación presente, que los países más democráticos y desarrollados del mundo tienen ahora en América Latina a los gobernantes que ellos mismos han protegido y estimulado con sus hipócritas recomendaciones sobre derechos humanos y sus absurdos consejos de política económica.

Publicado con autorización de AIPE