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mayo 10, 2007



Inercia perversa
Hugo J. Faría

Todas las políticas económicas generan ganadores y perdedores. Esta realidad contribuye a explicar la permanencia en el tiempo de políticas que a todas luces perjudican a un gran número de venezolanos, mientras favorecen a pocos. Por ejemplo, la devaluación del bolívar beneficia al Gobierno porque le genera más ingresos, y también favorece a algunos empresarios en el sector industrial al destruir competencia. ¿A quién perjudica la devaluación? Al ciudadano de a pie que ve reducido coercitivamente el fruto de su trabajo. En virtud de que a estos ciudadanos no se les preguntó si consentían en ganar menos, la devaluación es un robo y como tal representa una violación de derechos humanos.

Supongamos que adoptamos un modelo de libertad monetaria en virtud del cual los venezolanos podemos ganar en dólares o euros y asumamos que desaparece de circulación el bolívar. ¿Quién pierde? El Gobierno porque no puede generar ingresos vía devaluación, los políticos por la disminución de poder y los empresarios ineficientes y sus trabajadores, que para sobrevivir se les imposibilita destruir competencia a través de la devaluación. ¿Quién gana? El ciudadano común porque ve protegido el fruto de su trabajo. Es decir, gana porque deja de perder al evitar el atraco de la devaluación.

En virtud de que todas las políticas generan costos y beneficios, vale la pena preguntarse: ¿cuál debe ser el diseño óptimo de políticas económicas? Respuesta: las políticas que producen el mayor número de ganadores a sabiendas, sin embargo, de que siempre habrá perdedores. En otras palabras, las políticas idóneas son aquellas que crean beneficios dispersos con costos concentrados. Las políticas perversas, por el contrario, engendran beneficios concentrados con costos dispersos.
Entonces, ¿por qué generamos inflación y devaluamos la moneda? Porque los beneficiarios de estas políticas hacen todo lo que esté a su alcance para preservarlas. Observemos la asimetría en cuanto al peso específico en la sociedad de los ganadores y perdedores de la devaluación. Ganan líderes políticos y empresariales. Pierde el ciudadano promedio quien en medio de su ignorancia racional no sabe con certeza cuál política beneficia más a las personas, además de disponer de escasa influencia en el proceso político.

Un análisis similar podríamos hacer en materia de comercio internacional. Con las barreras ganan unos pocos, muy influyentes, y pierde la mayoría, difícil de organizar y coordinar para inducir a protestar y presionar por un cambio. Igual que con los efectos de la devaluación: beneficios concentrados financiados con costos dispersos sobre el ciudadano común. El estatus se mantiene porque la mayoría es incapaz de coordinar esfuerzos y una acción colectiva, mientras la minoría privilegiada sí es capaz de una acción unida porque es relativamente pequeña y, además, se beneficia intensamente de las políticas perversas, mientras sufre, también intensamente, con políticas idóneas.

¿Qué podemos hacer? Sugiero apelar al empresariado eficiente del país que sí se beneficiaría de la libertad monetaria, libre comercio, bajos y simplificados impuestos, carga reguladora ligera, flexibilidad laboral, en fin de reducción del costo de hacer negocios en Venezuela. Este empresariado debe organizarse y convertirse en un grupo de presión efectivo capaz de contrarrestar al empresariado ineficiente.

El empresariado eficiente debe condicionar su financiamiento a líderes políticos a que implementen una agenda de políticas beneficiadoras de las mayorías. Igualmente, cuando anuncien en los medios de comunicación políticas incorrectas, pedir simultáneamente la diseminación de información relativa a la conveniencia de políticas idóneas, para así superar el problema de ignorancia racional en materia económica que aqueja a los consumidores. Este es el gran objetivo del proyecto Misión Riqueza: propiciar que nuestro empresariado eficiente sea capaz de acción colectiva para presionar por la adopción de políticas idóneas.

Termino con unas palabras lapidarias de Maquiavelo en El Príncipe, que me las enseñó Nicomedes Zuloaga, las cuales sintetizan esta discusión: “No hay nada más difícil de emprender, más peligroso de conducir, que asumir el liderazgo en la introducción de un nuevo orden de cosas, porque la innovación tiene como enemigos a todos aquellos que lo han hecho bien bajo las antiguas condiciones y tibios defensores a aquellos que lo harían bien bajo las nuevas”.

cedice@cedice.org.ve
Publicado Diario El Universal 07/05/07

marzo 26, 2007



Contubernio

Hugo J. Faría


La visión socialista tiene al Gobierno como actor central de la sociedad. Por definición rechaza al libre mercado como mecanismo de asignación de recursos para maximizar el bienestar social. Esto explica los controles de precios, de cambio y de tasas de interés, que han existido en la economía venezolana durante los últimos 47 años. Supuestas fallas del mercado justifican que los denominados por Lenín, Commanding Heights de la economía -como el petróleo, hierro, gas, carbón, electricidad, teléfonos, agua, ferrocarriles y subsuelo-, sean propiedad del Estado.

La visión mercantilista tiene por actor central de la sociedad a la empresa existente. Para que esta sobreviva es necesario establecer aranceles, cuotas de importación, Ley de Salvaguarda, Ley antidumping, verificadoras de importación, complejos permisos sanitarios y devaluaciones que encarecen la vida del ciudadano de a pie. Estas prácticas también se traducen en la destrucción del libre mercado.

En consecuencia, el socialismo y el mercantilismo tienen en común la destrucción del libre mercado. El primero por razones filosóficas; el segundo por razones utilitaristas, es decir, de conveniencia. Este denominador común es capaz de explicar la existencia de poderosas fuerzas inerciales del estatus quo, a pesar de la perversidad del mismo. Por ejemplo, cuando el Presidente de Venezuela anuncia, con su visión socialista, que no firmará el ALCA, algunos empresarios se sienten complacidos porque saben que no tendrán que competir y ser eficientes en virtud de que las barreras al comercio no bajarán. Cuando el Presidente despotrica del capitalismo y lo califica de “salvaje”, algunos empresarios importantes del país ven con beneplácito la diatriba del Presidente porque saben que no habrá competencia.

Esta alianza vituperable entre socialismo y mercantilismo explica la notoriedad que en Venezuela tienen algunas corrientes de opinión. Por ejemplo, Ibsen Martínez escribe: “Si la caja de conversión dolarizadora de Cavallo resultó una mierda, esto de los clubes de trueque era directamente un tango”. Es decir, un mecanismo que acabó con la inflación en Argentina y, por tanto, durante su existencia preservó la integridad del fruto del trabajo del ciudadano promedio y, en consecuencia, protegió un derecho humano, es un excremento. ¿A quién favorece esta retórica? Al Gobierno, que al no dolarizar puede obtener más recursos vía devaluación, y al empresariado ineficiente en virtud de la devaluación destructora de la competencia.

Sobrevaluación en boca de nosotros los economistas suele significar la conveniencia y/o inexorabilidad de reducir coercitivamente los sueldos y salarios de los ciudadanos a través de la devaluación. En virtud de la devaluación se encarecen las importaciones (mercantilismo) y se le dan más recursos al Estado, viabilizando su propiedad de los sectores básicos de la economía (socialismo). Si el bolívar se sobrevalúa crónicamente, ¿por qué será que no recomendamos que el ciudadano común devengue su sueldo en dólares o euros, el mecanismo más efectivo para protegerlo del atraco de la devaluación? ¿Por qué no clamamos por una reducción del costo de hacer negocios en el país, para propiciar la competitividad de la empresa radicada en Venezuela?

A Joseph Stiglitz le conceden el Premio Nóbel de Economía en el 2001 por fallas de mercado que emanan de las asimetrías de la información. Al año siguiente lo invitamos a Venezuela. Dicta conferencias en varias universidades y escribe con cierta regularidad en nuestra prensa. ¿Casualidad o intencionalidad promotora del contubernio?

Aclaro: al padre Luis Ugalde le tengo gran respeto como sacerdote. Sin embargo, en sus comentarios públicos sobre materias opinables no deja de asomarse su tendencia socialista, a pesar, en mi opinión, de la ambigüedad de su lenguaje. Así en entrevista reciente en El Universal afirma “...porque el socialismo, si uno lo toma en serio, no es una simple denuncia contra la opresión humana (denuncia que sí es cristiana), sino la búsqueda de una sociedad más justa y con igualdad de oportunidades. El socialismo es un intento histórico concreto por diseñar un modelo económico en la sociedad moderna,…” Si buscamos el socialismo romántico, como pareciera sugerir el intelectual Ugalde, ciertamente no vamos a encontrar el capitalismo, única vía demostrada que acaba con la pobreza crítica; pero sí destruiremos la competencia favoreciendo al mercantilismo y los privilegios de unos pocos. cedice@cedice.org.ve

febrero 12, 2007



Cosechamos lo que sembramos
Hugo J. Faría


En 1950 la dictadura estatificó la CANTV, posiblemente el evento más relevante de la historia moderna, pues lanzó el socialismo en Venezuela. Esta pendiente llevó al establecimiento de CORDIPLAN, una oficina de planificación central, y de numerosas empresas del Estado. El paroxismo socialista se alcanzó en la década de los 70 con la estatificación del Banco Central, el hierro y el petróleo.

Tal vez el hecho más representativo que impulsa las prácticas mercantilistas (barreras al comercio internacional para beneficiar a unos pocos a expensas del encarecimiento de la vida del ciudadano común), ocurre en la década de los 40 cuando un empresario venezolano, muy admirado en el país y con fuerte influencia gubernamental, logra el monopolio del cemento y la cabilla. Este proceso alcanza su apogeo en la década de los 60 con la política de sustitución de importaciones. Hoy en día tiene gran vigencia con las prohibiciones expresas de importar algunos artículos como carros usados, altos aranceles, licencias de importación, leyes antidumping y de salvaguarda, y el proteccionismo cambiario representado por la devaluación.

La tendencia a estas prácticas económicas está tan acentuada que, a pesar del fracaso de la combinación fatídica de socialismo y mercantilismo, recientemente uno de los líderes de la oposición escribió el libro Dos Izquierdas. Uno de los jóvenes políticos que se lanzó a la presidencia se proclama de centro izquierda. Un colega, apreciado en lo personal, del IESA titula un artículo ¿Quién le teme al socialismo?

Se podría pensar que estas orientaciones económicas son alimentadas por la educación pública. Este pensamiento no es totalmente correcto. Yo me gradué en el Colegio San Ignacio convencido de las bondades de la propiedad comunitaria. Mi promoción, en parte como consecuencia de mi labor proselitista, fue la primera en no graduarse con traje de etiqueta porque no éramos “cristianos burgueses”. Es decir, como diría Nicomedes Zuloaga, yo era “un comunista que iba a Misa”. En 1973 me gradué en la UCAB de economista, con una fuerte orientación keynesiana; o sea, con una visión de planificación central. Cuando al año siguiente le dan el Premio Nóbel de Economía a Hayek, no salgo de mi asombro pues nunca lo estudié. Aun más grave: algunos alumnos míos en el IESA son economistas graduados en mi Alma Mater, y la gran mayoría no sabe quién es Hayek, el economista que, junto con Friedman, más influye desde la década de los setenta hasta el presente.

Ni los medios de comunicación, ni muchos colegios privados y universidades, siembran los valores de la competencia, la libertad y la responsabilidad personal en las consecuencias de nuestras decisiones. Tampoco se ocupan de promover la riqueza sin manipular al Estado para destruir la competencia. No hablan del carácter sagrado de la propiedad privada bien habida. No dicen que la devaluación es un robo; que la sociedad es anterior al Gobierno; que el Estado debe ser limitado; que sin propiedad no hay libertad y, por tanto, que el poder económico debe residir en los ciudadanos para que sirva de contrapeso al Estado y pueda haber democracia estable. La ausencia de estos valores permite la implantación del socialismo y el mercantilismo, modelo que ha fracasado, mientras han crecido los pobres (evidencia documentada por los investigadores de la UCAB) quienes han servido para justificar el populismo actual.

Lo más lamentable es que los líderes de la oposición son incapaces de proponer la repartición de toda la renta petrolera por partes iguales entre todos los venezolanos de nacimiento mayores de 18 años, para que el Gobierno viva de los ciudadanos; tampoco sugieren la devolución de las acciones de las empresas del Estado a los ciudadanos, la libre circulación del dólar y el euro, el abaratamiento de la vida mediante la reducción y eventual eliminación de las barreras al comercio internacional, y la simplificación tributaria y laboral, entre otras medidas. No sé si estas propuestas son de derecha. Lo que sí sé es que estas medidas benefician a la mayoría de las personas, son populares y contribuyen a sembrar una economía de mercado, la única capaz de erradicar la pobreza crítica. Ningún país se ha hecho rico con el socialismo. Los intereses perversos entre algunos grupos empresariales y líderes de la oposición impiden la estructuración de una oposición efectiva, mientras la amenaza del comunismo aumenta. Nos hemos hecho acreedores de nuestra tragedia.